Ramón Sánchez-Ocaña
Opinión

Bebés y niños: cómo actuar ante una insolación

Ramón Sánchez-Ocaña
Bebés y niños: cómo actuar ante una insolación
Pildoras

 

Si hablamos de insolación es difícil definir unos síntomas concretos, aunque todos entendemos que es la consecuencia nociva de estar excesivamente expuestos al sol. Por eso, en esta época, los niños deben estar siempre protegidos, con gorro y a la sombra.

Es verdad que la insolación no tiene una sintomatología muy concreta porque depende de las circunstancias en que se origina. Por ejemplo, si se hace ejercicio en ambiente muy caluroso, uno de los primeros avisos son los calambres musculares. La sensación que acompaña al problema es la sed, la fatiga, la ansiedad, la pérdida del control psíquico y muscular y, sobre todo, el agotamiento.

Y debemos ser conscientes de que puede ser grave, porque la temperatura es elevada y si no tomamos medidas puede sobrevenir el 'golpe de calor', con el que no es difícil llegar a los 41 grados de temperatura. Es como si se descompusiera el mecanismo de la sudoración. Se trata de  una  urgencia seria porque la alta temperatura altera todo el equilibrio de líquidos y de transporte por la membrana celular. Incluso puede haber alteración de conciencia. Puede aparecer en gente mayor y débil expuesta a grandes temperaturas sin ventilación; o en personas jóvenes que, poco aclimatadas, realizan un esfuerzo intenso y prolongado.

Uno de los casos más dramáticos es cuando se deja un niño pequeño en un coche cerrado. Aunque se deje a la sombra, a veces no se tiene la precaución del giro de la tierra y el coche puede quedar a pleno sol. La temperatura interior puede llegar a los 50 grados.

En los niños adquiere especial relevancia la deshidratación. Por un lado, una simple diarrea puede hacerle perder mucha agua y, por otro, el calor puede hacerle sudar, sobre todo si como suele ocurrir, se le abriga en exceso. Cuanto más pequeño es el niño, más peligro de deshidratación hay, porque más frágil es el equilibrio establecido. Además debe saberse que en solo 12 o 14 horas, un niño pequeño puede tener síntomas de deshidratación, sobre todo si coinciden el calor, el sudor con una diarrea o con algún vómito. 

En los bebés puede haber una serie de signos de alerta. El primero a tener en cuenta es la orina. Si ingiere suficiente  leche y está  seis u ocho horas sin orinar, puede ser ya un primer aviso. La cara del niño va a reflejar inmediatamente la situación: ojos hundidos y sequedad de boca, serán los primeros signos alarmantes.

Si es un bebé, la fontanela hundida puede ser otro síntoma. 

Si es por vómitos, lo primero que debe hacer es procurar que esos vómitos cesen. Y que beba mucho líquido, pero poco a poco. Hágale un postre de gelatina, té muy poco cargado con un poco de azúcar o zumo de frutas.

A un niño con síntomas de deshidratación no le dé nunca leche entera o desnatada sin diluir en agua. La leche tiene demasiadas sales para que pueda tolerarlas en estas circunstancias.

Llame al médico en cuanto pueda.

Y si de verdad, el niño  tiene síntomas de deshidratación, piense que es una urgencia médica. No pierda el tiempo y acuda a un centro sanitario.

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