Ramón Sánchez-Ocaña
Opinión

El complejo y eficiente tránsito intestinal

Ramón Sánchez-Ocaña
El complejo y eficiente tránsito intestinal. Foto: Bigstock
Píldoras

 

Basta pensar en una comida apetitosa, para que el aparato digestivo se ponga en marcha segregando saliva. (Se nos hace la boca agua). De la boca pasa al tubo digestivo que mide aproximadamente 9 metros. Nos recorre por dentro –desde la boca hasta el ano– y una serie de glándulas van aportando sustancias necesarias. Porque lo verdaderamente útil no es comer, si no aprovechar lo que se come para obtener la energía que permita a la máquina corporal actuar y reconstruir las células que se van aniquilando. Es la función de la nutrición y para lo que consumimos cada uno, alrededor de media tonelada de alimentos cada año.

Pero las células que son las destinatarias de esa alimentación no comen ni un bocadillo de chorizo, ni un filete a la plancha. Ellas están preparadas para asimilar los componentes primarios de esos alimentos. Y para dárselos, disponemos de un perfecto sistema que se llama digestión.

Primera etapa: la boca

En la boca se inicia el proceso. Mientras la dentadura corta y tritura, la saliva y sus enzimas realizan la labor de descomponer y transformar los almidones y azúcares de los hidratos de carbono. Cuando tiene una determinada consistencia -ya se llama bolo- pasa al esófago. Y ahí empiezan unos movimientos que son ondulantes y que obligan al alimento a ir avanzando. (Se llaman peristálticos). Y llega al estómago, que es como el fuelle de una gaita, aunque puede adoptar muchas formas. Y de hecho hay muy pocos estómagos iguales.Tiene una capacidad de casi litro y medio, pero como puede dilatarse, en circunstancias especiales puede almacenar mucho más.

Segunda etapa: el ácido

Cuando el bolo llega al estómago recibe un baño de ácido. Hablando con propiedad hay que decir que hay tres digestiones: una nerviosa: (secreción de saliva y jugos solo de pensar en la comida). Otra química, (es la que se inicia con las enzimas de la saliva y luego otras del estómago que van transformando químicamente los alimentos). Y otra que no podemos olvidar, es la mecánica (Por un lado los movimientos peristálticos van agitando la comida. Y en el estómago los músculos de sus paredes mezclan y baten como una auténtica hormigonera). La comida, con la saliva, con el jugo gástrico, con el ácido, todo ello se bate, se amasa con los músculos estomacales. Luego actúa la química, de manera que las moléculas grandes se van transformando en otras más pequeñas.

El ácido con que se baña el alimento es tan fuerte, que, normalmente mata todas las bacterias que pudieran haber llegado con la comida.

Tercera etapa: el aprovechamiento

También el estómago tiene una parte de almacén. Lo que comemos baja deprisa por el esófago, luego lo retiene el estómago durante dos, tres o cuatro horas. Por un lado va triturando y preparando; y por otro, almacenando. Y cuando la fase de la digestión ya está realizada, entonces abre la puerta de abajo, el píloro, y a través del duodeno, pasa al intestino delgado, un tubo de unos siete metros de largo y 3 centímetros de ancho. Pero el estómago no se vacía del todo, porque entonces protesta, se contrae y se provoca la sensación de hambre.

Por su interior, el intestino es como si fuera de terciopelo. Tiene unos mínimos pelillos -se llaman vellosidades- que son los encargados de ir  separando las sustancias aprovechables; es decir, los aminoácidos, los ácidos grasos, los azúcares. Actúan como pequeñísimas jeringuillas, que van absorbiendo todas las sustancias nutritivas. Su perfección es tal que solo logra escapar a su avidez captadora, el 5 por 100 de las grasas y el 10 por 100 de las proteínas. Casi en su totalidad es aquí donde se realiza la absorción de nutrientes.

Se puede calcular que diariamente pasan por el intestino alrededor de once litros y medio de alimentos digeridos, líquidos y secreciones gastrointestinales.

Cuarta etapa: el final

Lo que queda después -ahora ya se llama quimo- pasa al otro tramo de intestino, el grueso, que es más corto (1,70 m) pero mucho más ancho (tiene un diámetro de unos 7 cm.). Allí llega una mezcla de agua, secreciones intestinales y material no digerido o no digerible. Aun allí se sintetizan una serie de vitaminas. En el colon, una buena parte del agua vuelve a absorberse y pasa a la circulación sanguínea. Y también en el colon hay millones y millones de bacterias que actúan, descomponen, digieren... hay vitaminas, hay hidrógeno, hay metano, sulfuro de hidrógeno... (gases que alguna vez se expulsan en ese fenómeno que los especialistas llaman elegantemente meteorismo).

Así, poco a poco, la masa líquida en que se había convertido el alimento sólido, va perdiendo agua y pasando a ser un resto semisólido. Son las heces a las que nuestro propio organismo ha quitado todo aquello que pudiera serle útil: hasta el agua. De todos modos, para facilitar el tránsito por el intestino grueso la pared del colon segrega también una mucosidad muy especial que produce anticuerpos para que esas bacterias no nos ataquen, y que sirve sobre todo, para lubrificar y facilitar el paso. (Muchas veces, cuando hay diarrea, esa mucosidad se expulsa al exterior).

Se puede calcular que desde que se ingiere el alimento hasta que se culmina todo el proceso digestivo pueden pasar alrededor de treinta y seis horas.

Cuando hay problemas

Por varias razones, el tránsito intestinal puede verse alterado. O se produce con dificultad y mucha mayor lentitud (porque no hay restos suficientes, por viajes, por dieta inadecuada) y entonces se padece el estreñimiento, muy frecuente en mujeres y más a partir de los 60 años). La evacuación se retrasa y se hace dificultosa. O bien, el problema inverso: por una infección, por comer alimentos en mal estado, el tránsito se acelera, no da tiempo a la absorción de agua y se produce la diarrea, con evacuaciones frecuentes.

Sobre el autor:

Ramón Sánchez-Ocaña

Ramón Sánchez-Ocaña

Ramón Sánchez-Ocaña (Oviedo, 1942) es miembro del Comité Editorial de 65Ymás. Estudió Filosofía y Letras y es licenciado en Ciencias de la Información. Fue jefe de las páginas de Sociedad y Cultura de El País, y profesor del máster de Periodismo que este periódico organiza con la Universidad Autónoma de Madrid. 

En 1971 ingresa en TVE. En una primera etapa se integra en los servicios informativos y presenta el programa 24 horas (1971-1972). Entre 1972 y 1975 continúa en informativos, presentando el Telediario. No obstante, su trayectoria periodística se inclina pronto hacia los espacios de divulgación científica y médica, primero en Horizontes (1977-1979)​ y desde 1979 en el famoso Más vale prevenir, el cual se mantiene ocho años en antena con una enorme aceptación del público.

Tras presentar en la cadena pública otros dos programas divulgativos, Diccionario de la Salud e Hijos del frío, fue fichado por Telecinco para colaborar primero en el espacio Las mañanas de Telecinco y posteriormente en Informativos Telecinco.

Es colaborador habitual de radio, periódicos y revistas, y autor de una veintena de libros, entre los que destacan Alimentación y nutrición, Francisco Grande Covián: la nutrición a su alcance, El cuerpo de tú a tú: guía del cuerpo humano, Guía de la alimentación y Enciclopedia de la nutrición

En 2019 entró en el Comité Editorial del diario digital 65Ymás, en el que colabora actualmente.

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