Soledades múltiples en una sociedad líquida
Este pasado domingo, 65YMAS publicaba un interesante artículo, firmado por Úrsula Segoviano, redactora especializada en temas de salud y dependencia. El artículo hace referencia a un estudio realizado por la Universidad de la Laguna y el Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA-CSIC), centro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). El estudio, realizado a partir de una encuesta online comparativa de 4.800 personas adultas llevada a cabo en 2025 en Alemania, España, Grecia, Irlanda, Portugal y Suecia, ha concluido que sentirse solo influye en cómo percibimos nuestra salud. Más concretamente, cuanto mayor es la soledad, peor es la valoración que las personas hacen de su estado de salud entre los ciudadanos europeos.
La cuestión de la soledad es compleja y requiere de precisiones previas. Para empezar, conviene saber qué entendemos por soledad; una pregunta que puede parecer obvia pero que no lo es. El filósofo Manuel Cruz, en uno de los primeros capítulos del libro Las soledades, publicado en el año 2022, señala que, cuando nos referimos a la soledad no estamos hablando de una realidad meramente objetiva, sino subjetiva, como lo demuestra la generalizada expresión: “Me siento solo”. Cruz matiza que no se trata ya del tan manido tópico de que alguien se puede sentir solo en medio de la muchedumbre, sino de algo más complejo, cuyo paradigma podría ser el caso del anciano interno en una residencia y que nunca recibe visitas. ¿Cómo pensar, entonces, el sentimiento de soledad?
Creo que Cruz da en el clavo al definir la soledad como la experiencia de que no importamos a aquellos que nos importan. Y riza el rizo al darle una vuelta de tuerca: “Nos sentimos solos cuando no importamos de la manera que querríamos importar a aquellos que nos importan”. ¡Cierto! No importar lo suficiente a aquellos que nos importan. Así, la queja del anciano que no recibe visitas apunta a una cuestión central: la del amor. “No importo a aquellos a los que amo”. No importar, no ser amado, haber perdido el lugar, ocupar un no-lugar en el Otro. Y ello nos lleva a preguntarnos sobre la naturaleza del amor, en general, y del amor en nuestros días.
En todo amor hay por lo menos dos seres, y cada uno de ellos es la gran incógnita de la ecuación del otro. Eso es lo que hace que el amor parezca un capricho del destino. Amor significa abrirle la puerta a ese destino, a la más sublime de las condiciones humanas en la que el miedo se funde con el gozo en una aleación indisoluble, cuyos elementos no pueden separarse, escribió el gran sociólogo Zygmunt Bauman en su libro Amor líquido. Este autor añadió que, en una cultura de consumo, partidaria de los productos listos para uso inmediato, las soluciones rápidas, la satisfacción inmediata, los resultados que no requieran esfuerzos prolongados y las recetas infalibles, la conquista de la capacidad de amar será necesariamente un raro logro.
He ahí, pues, que nos encontramos en un momento de la historia en el que la capacidad de amar es un ente que se encuentra en alguno de los extremos de la curva de Gauss, es decir, en el área de lo poco frecuente. Pensemos en algunas de las frases que, en ocasiones, enuncian los “amantes”: “Al principio conectamos, pero con el tiempo los sentimientos se fueron disolviendo”, “esa relación me proporcionaba satisfacciones, pero luego vi que no me era rentable”, “una cosa es estar enamorados y otra, muy diferente, es el compromiso”.
En efecto, las relaciones amorosas se producen en un discurso basado en el “cada vez más”, es decir, que cada relación ha de ser más gratificante y satisfactoria que las anteriores. No solo eso, las relaciones virtuales (“las conexiones”), han establecido el modelo que rige a todas las otras relaciones. Si el compromiso con la pareja no tiene sentido y difícilmente puede durar, tendemos a inclinarnos a cambiar la pareja por las redes. Cuando la calidad no nos da sostén, tendemos a buscar remedio en la cantidad.
Pero, las redes llamadas “sociales” no nos preservan de las frustraciones, de las decepciones ni mucho menos de la soledad. Tener un millón de seguidores o un recuento de millares de likes no evita el sentimiento de soledad, porque en esas listas el amor está ausente. Podemos estar conectados horas y horas, pasar de una pantalla a otra, clicar la tecla “delete” cuando el asunto no nos proporciona placer, pero, cuando el agotamiento nos invita a apagar la pantalla volvemos a quedarnos solos y serán nuestros sueños, que aparecen mientras dormimos, los que nos recordarán nuestros deseos de compañía.
Sí, vivimos el siglo de la soledad, pero tendríamos que añadir que se trata de soledades múltiples, no solo en lo que se refiere a las diversas franjas de edad (infancia, adolescencia, edad adulta, vejez) sino también en lo que atañe a las circunstancias sociales y de salud: inmigrantes, personas que viven en los márgenes de la sociedad, enfermos mentales, entre otras. Cada una de ellas presenta unas características específicas. Así, la adolescente que es víctima del menosprecio y aislamiento por parte de sus compañeras por no tener un cuerpo suficientemente femenino, o la anciana de ochenta años que permite el expolio de su cuenta corriente y patrimonio para así “no sentirme sola”, son dos ejemplos, reales, de soledad, la no deseada, aquella que sitúa a la persona en la posición de “no importar lo suficiente a aquellos que nos importan”.
