¿Una imagen vale mas que mil palabras?
Una imagen vale mas que mil palabras. Así reza el famoso adagio que, al parecer, tiene varias paternidades. Así, algunos lo relacionan con un proverbio chino, otros, en cambio, lo atribuyen al dramaturgo danés Henrik Ibsen; finalmente, para no ser exhaustivo, hay quien lo vincula con Leonardo da Vinci. Independientemente de su historia, el adagio nos viene a indicar que una sola imagen fija (o cualquier tipo de representación visual) puede transmitir ideas complejas (y a veces, múltiples) o un significado o la esencia de algo de manera más efectiva que una mera descripción verbal o textual.
Ciertamente, nuestra época se caracteriza, entre otras cosas, por privilegiar las imágenes y deja las palabras en un segundo o tercer término. Ahora se trata de ver, ser captados por el mensaje visual y, a partir de ahí, extraer conclusiones.
La medicina actual no parece escapar a los efectos del mandato: “Observen, miren, porque lo que les diga el paciente no les será de utilidad”, fue la indicación que dio un profesor de patología general en la Facultad de Medicina de una conocida ciudad española. Y, al parecer, un cierto sector de profesionales sanitarios cumple la orden a rajatabla. Pero, ¿qué ha sido de la relación entre el médico o médica y el /la paciente?
El profesor Pedro Laín Entralgo, dedicó muchas páginas a la relación médico-enfermo (RME). Entralgo escribió que el primer contacto con el profesional actualiza en el/la paciente: a) la situación menesterosa, el hecho de sentir penosamente, y a través de sentimientos morbosos, que necesita de otro para volver a su perdida normalidad; b) su ocasional actitud frente al médico; c) su posición personal frente a la propia enfermedad; y d) su posible experiencia de otras situaciones análogas.
Es decir, que en ese primer encuentro se generan los elementos básicos que condicionarán el devenir de la relación. Así, puede ocurrir que se cree un marco de confianza, que no solo facilitará el curso de los acontecimientos, sino que, incluso, influirá en el pronóstico. Téngase en cuenta, por citar un ejemplo, que en muchas ocasiones el paciente no sigue las indicaciones del médico, bien sea no tomando las medicaciones o negándose a realizar las pruebas diagnósticas precisas. En esos casos se puede aventurar que no se ha generado un adecuado vínculo transferencial.
Todo esto viene a cuento de una experiencia reciente de la que he sido testigo. María, una mujer de 69 años, afectada de un proceso canceroso de larga evolución, recibió una llamada telefónica de su oncóloga en la que se le comunicaba que en la exploración radiológica recientemente realizada se le había detectado un neumotórax; algo sorprendente ya que María no había experimentado ningún síntoma llamativo más allá de unas ligeras molestias en el hemitórax izquierdo. Siguiendo las indicaciones de su oncóloga, María acudió a urgencias no sin mostrarse extrañada del diagnóstico. Cabe señalar que un neumotórax es una urgencia médica consistente en la presencia de aire en el espacio pleural que causa colapso pulmonar parcial o completo. El neumotórax puede aparecer espontáneamente o como resultado de traumatismos o procedimientos médicos. El diagnóstico se basa en criterios clínicos y en la radiografía de tórax. Los síntomas del neumotórax incluyen disnea (dificultad al respirar) y dolor torácico pleural. La disnea puede ser repentina o gradual al inicio, según la velocidad de desarrollo y el tamaño del neumotórax. Subrayo los términos disnea y dolor torácico pleural porque María no había presentado, como ya he mencionado, ninguno de esos síntomas. Pero, ¿qué fue lo que ocurrió en urgencias?
María fue ingresada en un box y rápidamente le aplicaron las medidas habituales: medida de las constantes, monitorización, colocación de vía endovenosa. Al cabo de unos 20 minutos apareció el médico de guardia, la saludó por su nombre y acto seguido le preguntó si sentía dolor en el tórax. Ante la respuesta negativa de María, el médico se mostró desconcertado: “María, las imágenes radiológicas indican que tienes –adviértase el tuteo– un neumotórax y eso es una situación grave. Te repetiremos la radiología y dependiendo del resultado te quedarás ingresada. Lo que me sorprende es que no tengas síntomas”. El interrogatorio anamnésico duró apenas unos dos minutos. No hubo espacio para generar un clima de confianza en el que María pudiera asimilar la “gravedad” de su enfermedad. La sentencia médica tuvo sus efectos: se disparó la frecuencia cardíaca de María y hubo que administrarle un diazepam sublingual para combatir su ansiedad.
Pasadas unas dos horas, el médico volvió a entrar en el box y le comunicó a María que la imagen radiológica indicaba que el neumotórax se estaba reabsorbiendo por si solo y que no era preciso aplicar ninguna medida terapéutica. ¿Falsa alarma? ¿precipitación en el pronóstico?
Ni anamnesis ni auscultación para comprobar los signos físicos del neumotórax, sólo dos imágenes: el neumotórax de una semana antes y el actual. ¡Y a casa!
¿El diálogo con el paciente ha entrada en barrena? Quizá algunos o bastantes consideran que es mejor no escuchar, que basta con ver las imágenes del TAC, de la resonancia magnética nuclear o de la ecografía. Y si hay dudas: analítica de sangre, lo más completa posible.
Hace unos años, impartiendo una formación a los MIR (médico interno residente) de psiquiatría tuve una experiencia que me produjo estupefacción: estaba explicando cómo explorar las alucinaciones de los sujetos psicóticos; pasados unos minutos, uno de los alumnos me espetó que todo aquello no era necesario, que bastaba con solicitar una resonancia magnética cerebral funcional y verificar qué áreas cerebrales estaban activadas. Mi respuesta fue que le aconsejaba que se dedicara a otra profesión.
Creo que estamos en un momento en el que debemos reivindicar la palabra, la escucha, el marco transferencial con el profesional. Sin la palabra estamos condenados a convertirnos en robots visualizantes. ¿Es eso lo que queremos?
