Diego Fernández
Opinión

La profesión del silencio

Diego Fernández
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Por la calle Mayor de Madrid transcurre la procesión del silencio. Lo hace sin ningún cofrade y sin ningún paso de Semana Santa. En el exterior, todo está callado por el coronavirus. Dentro, en mi salón, se habla demasiado. Las voces salen del televisor. En la procesión que sube y baja del estrado del Congreso de los Diputados se cantan saetas de diferente registro, pero tonalidad similar. Todas tienden a la verdad absoluta. Con sus quejíos unos intentan convencer al país de que su gestión está siendo casi impecable. Otros se arrancan apoyando al Gobierno para en un momento cambiar el compás y despellejarlo y los últimos escupen descalificativos con sus armadas cuerdas vocales. ¡Afinen, carraspeen, fuego!

Mientras, en la calle Mayor de Madrid, más silencio. Esa quietud y esa tranquilidad, hacen que añore todavía más el exterior. La única alternativa que me deja el televisor es apagarlo y refugiarme en mi balcón y en mi móvil. Es entonces cuando veo en una red social la fotografía de un buen amigo y compañero. Él está cubriendo estos días la información que surge desde el hospital de emergencia del IFEMA.

En esa fotografía, en un telón de fondo en el que vemos una silla de ruedas tan solitaria como la cámara que tiene al lado, observamos a una doctora o a una enfermera sentada en un banco. Junto a ella hay dos botellas. Una de agua y otra que contiene un refresco. Al lado, una bolsa de patatas para reponer fuerzas. Entre las manos tiene el teléfono móvil con el que seguramente se comunique con sus seres queridos. Lleva puesto el uniforme de trabajo. Es de color naranja, lo que le da un aire de reo de película de Hollywood.  Es una prisionera de su vocación y de su trabajo.

Quizá por primera vez en muchas horas, su curro ha permitido por fin que se tome un pequeño descanso. Bajo sus ojos, vemos el rastro de un par de ojeras. Es probable que sean fruto del cansancio, de las noches no dormidas y de la prisa o el agobio que crean la sensación de no llegar a tiempo. Gracias a esos ojos que nos atraviesan a través de la cámara, podemos intuir que debajo de la mascarilla que esconde su boca, a su vez, se esconde una sonrisa. Y con ella, seguro que hay silencio. Esta doctora o enfermera no reclama nuestra atención. No nos grita, ni pide que le digamos que lo está haciendo muy bien, que nos está salvado. Ella sólo quiere descansar y estar callada, alejada del ruido.

La suya, es la profesión del silencio. Silencio que se agradece porque no molesta. Ese silencio acaba de romperse en mi calle. Lo ha hecho un violín de alguien que interpreta una pieza y a la que los vecinos asomados en los balcones no vemos. Al terminar, aplaudimos. La violinista se asoma, pide perdón por si ha molestado y se marcha en silencio. Un silencio que sería de agradecer que contagiara en tiempos del coronavirus a aquellos que solo saben hacer ruido.


Diego Fernández es periodista en La Sexta Columna (La Sexta).

Foto: Jaime Rull (@rullandrock)

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encarjurado Hace 2 meses
Meridiano y emocionante el artículo de Diego Fernández que da voz a esa profesional anónima, que descansa en silencio. Gracias.