Ley de los Medicamentos, fármacos y personas mayores
Josep Moya OlléMartes 13 de enero de 2026
5 minutos
Martes 13 de enero de 2026
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Este sábado último, día 10 de enero, 65YMAS publicaba un artículo firmado por la periodista Cerlesky Pérez sobre la agenda del Ministerio de Sanidad para el año 2026. Uno de los puntos fuertes es la Ley de los Medicamentos y Productos Sanitarios, cuyo anteproyecto aprobó el Consejo de Ministros el pasado abril.
El texto del anteproyecto incluía propuestas para permitir a enfermeras y fisioterapeutas recetar fármacos dentro de sus competencias, permitir a farmacéuticos sustituir un medicamento prescrito en caso de desabastecimiento, y un cambio en el sistema de precios de referencia para fomentar la competitividad.
Me centraré en el primer punto, el que se refiere a permitir al personal de enfermería y a los fisioterapeutas el poder recetar fármacos dentro de sus competencias. Quiero dejar claro que no tengo nada en contra de que profesionales no médicos puedan prescribir fármacos, sin embargo, el proyecto de ley presupone que este acto, el de prescribir, da por hecho que quien prescribe ha adquirido los conocimientos necesarios para no incurrir en una iatrogenia, es decir, en provocar algún tipo de daño al paciente. Y parecería que para ello es suficiente con conocer la farmacocinética, la farmacodinamia, las indicaciones y las reacciones adversas del fármaco que el profesional va a prescribir.
La farmacocinética es la rama de la farmacología que estudia los procesos a los que un fármaco es sometido a través de su paso por el organismo. Trata de dilucidar qué sucede con un fármaco desde el momento en el que es administrado hasta su total eliminación del cuerpo.
La farmacodinamia es el estudio de los efectos bioquímicos y fisiológicos de los fármacos y de sus mecanismos de acción y la relación entre la concentración del fármaco y el efecto de este sobre un organismo. Dicho de otra manera, es el estudio de lo que le sucede al organismo por la acción de un fármaco. Desde este punto de vista es opuesto a lo que implica la farmacocinética, la cual estudia los procesos a los que un fármaco es sometido a través de su paso por el organismo.
Las indicaciones son el conjunto de procesos patológicos que pueden ser tratados por un fármaco en cuestión. Para ello es necesario que el fármaco que se va a prescribir haya demostrado su eficacia en ensayos clínicos controlados. Por ejemplo, el paracetamol es un fármaco que ha demostrado su eficacia en el tratamiento del dolor de intensidad leve o moderada. Sin embargo, es poco útil en los casos de dolor muy intenso.
Pero, no basta con conocer las indicaciones, es necesario saber cuáles son las principales reacciones adversas de los fármacos que se pretenden prescribir. Con este término se designan los efectos accidentales de un medicamento que resultan indeseables, desagradables o perjudiciales. Por ejemplo, en el caso ya mencionado del paracetamol, fármaco muy utilizado actualmente, tenemos las siguientes reacciones adversas: hepatotoxicidad, toxicidad renal, alteraciones en la fórmula sanguínea, hipoglucemia y dermatitis alérgica. Ello no significa que siempre que una persona toma este fármaco vayan a aparecer estas reacciones, se trata de algo que es posible pero no generalizado. Pero es algo que deben conocer el profesional y el paciente.
Podríamos pensar, a partir de lo hasta aquí indicado, que con ello se dan las garantías necesarias para poder prescribir un medicamento de manera correcta. Sin embargo, no es así, es necesario tener en consideración otras variables: la edad del paciente, su estado de salud, su capacidad para manejar el fármaco, es decir, la dosis, los horarios, etc. Además, hay que tener en cuenta si el fármaco que va a prescribirse puede tener algún tipo de incidencia en las diversas patologías que tenga la persona que tratamos. Así, por ejemplo, hay todo un conjunto de fármacos como, la amitriptilina, un antidepresivo que se utiliza también para aliviar el dolor de la fibromialgia, que pueden incrementar la presión intraocular y causar un glaucoma.
Y, un punto fundamental, también es necesario conocer las interacciones farmacológicas, es decir, las alteraciones de los efectos de un fármaco debidas a la utilización reciente o simultánea de otro u otros fármacos (interacciones fármacofármaco), a la ingestión de alimentos (interacciones nutriente-fármaco) o a la ingestión de suplementos dietéticos (interacciones suplemento dietético-fármaco). Un ejemplo lo constituye el lorazepam, una benzodiacepina que se utiliza para el tratamiento de la ansiedad y del insomnio. El lorazepam interactúa con la clozapina, un fármaco 2 antipsicótico, y con el valproato, un fármaco utilizado en el tratamiento del trastorno bipolar.
De todo ello se infiere que la prescripción de un fármaco es una decisión compleja, que debe tener en cuenta todo un conjunto de variables y que jamás se puede realizar de forma precipitada. Se requieren, por tanto, conocimientos de anatomía, fisiología, fisiopatología, farmacología y medicina interna. Y se requiere, además, tiempo y una adecuada valoración del caso por caso. Sería de justicia que la Ley de los Medicamentos y Productos Sanitarios incluyera algunos artículos que contemplaran estos elementos.
Y ahora centrémonos en las personas mayores. Antes me he referido a la farmacocinética de los medicamentos y aquí hay que poner mucho énfasis en la necesidad de conocer cómo ésta cambia a lo largo de los años. La absorción, distribución, metabolismo y eliminación de los medicamentos se alteran con la edad y ello obliga a ajustar las dosis. Por otro lado, es sabido que las personas mayores suelen tomar más de un fármaco, en ocasiones, tres o cuatro de manera simultánea, y ello conlleva un mayor riesgo de interacciones medicamentosas desfavorables.
En conclusión, la prescripción de medicamentos es una tarea compleja y delicada, que requiere un elevado nivel de conocimientos y la dedicación necesaria para valorar beneficios y riesgos. El binomio “me pasa esto – me tomo eso” no está exento de riesgos importantes. Nunca es un acto banal y, en ocasiones, puede provocar daños graves.
Vivimos en una sociedad hipermedicada en la que se tratan malestares de la vida cotidiana como si fueran enfermedades y en la que diversos fármacos se toman durante períodos de tiempo mucho más prolongados de lo adecuado; ocurre con el omeprazol y con las benzodiacepinas (ansiolíticos), entre otros. Todo profesional debe tener siempre presente aquel principio: primum, non nocere (lo primero, no dañar).


