Ramón Sánchez-Ocaña
Opinión

Hablando de autoestima

Ramón Sánchez-Ocaña
Autoestima, espejo

Cualquier oferta de empleo exige buena presencia, como si el mundo estuviera hecho por modelos y maniquíes de perfecta hechura y compostura. ¿Es que el ciudadano medio se parece en algo a los actores de las series televisivas? En teoría, cuando ante una lavadora una bellísima muchacha pone voz incandescente y la mira arrobada por su línea y su precio, al ciudadano medio español tendría que parecerle algo tan lejano que el anuncio no sólo no serviría de promoción, sino de exclusión. Y, sin embargo, sabemos que no es así. Que en nosotros hay una especie de interés oculto de emulación y que eso funciona, como suele decirse, en el argot publicista.

Los modelos sociales están arruinando nuestra autoestima. Por  ejemplo: ¿Por qué la caída del cabello es un trauma para mucha gente? Simplemente, porque la gente joven suele tener  pelo, aunque haya mucha gente joven calva. ¿Por qué hay chicas absurdamente obsesionadas con la línea? Simplemente, porque el modelo social impuesto requiere una delgadez casi patológica para estar en la onda más absoluta. Y lo mismo podríamos decir de la nariz o de las orejas, o de las bolsas bajo los ojos. En un congreso de Cirugía Plástica se dijo: “Dentro de unos años, ser feo será como estar sucio”.

Total, que primero se crea el modelo; luego, la apetencia; y por último, el servicio de transformación. Y para llegar al final, se nos ha castigado a un proceso traumático y doloroso que parte de una falta de adecuación de uno a sí mismo.

Es verdad que habría que empezar desde niños. Quizá nosotros ya no lleguemos a tiempo; pero podemos hacer que nuestros hijos tengan una idea más clara, si desde pequeñitos nos esforzamos en decirles y valorarles aquello que tienen de positivo. Aquello que hacen bien, aquello para lo que valen. Y les hacemos comprender que es necesario que haya guapos y feos, altos y bajos. Aunque no sea más que para variar y para ver la diferencia.

Los modelos son falsos, aunque se nos impongan como reales; las espléndidas muchachas que anuncian colchones se levantan de la cama perfectamente maquilladas y peinadas, las amas de casa guisan con un cutis envidiable y unas manos que nunca han fregado; los varones no saben lo que es una arruga. Sería mejor para nuestra salud adaptarnos a nuestro entorno.

Seguro que yo no tengo los ojos más bonitos del mundo; pero tienen una cosa única: son míos. No es conformismo; es adaptación. Y en la adaptación comienza la inteligencia.

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