Ramón Sánchez-Ocaña
Opinión

Narcolepsia, el ataque del sueño

Ramón Sánchez-Ocaña
 Narcolépsia (bigstock)
Píldoras

 

Imagínese la situación: se sienta tranquilamente en el sillón y de pronto le llega un sueño irresistible. Se le cae la cabeza y se queda dormido diez, doce, quince minutos. Después se despierta como si nada hubiera pasado, pero con la sensación de haber recuperado el tono, como tras una breve siesta. No tendría mayor importancia si no fuera porque tres o cuatro horas más tarde, otro ataque de sueño le llega al cerebro y otra vez el sueño le vence. Y así cada tres o cuatro horas y en la actividad que usted desarrolla normalmente. Un sueño que no puede controlar, un sueño insuperable que le llega en pleno trabajo, por ejemplo.

Hay que descartar los problemas que pueden causar hipersomnias diurnas como es el insomnio, las apneas o el síndrome de las piernas inquietas. En este caso que describimos no hay razón aparente, ni causa que lo justifique. Es la narcolepsia. No se sabe por qué se produce aunque parece deberse a un déficit en una determinada proteína cerebral. Tiene una ligera tendencia hereditaria y carácter crónico. Tampoco hay un tratamiento que la cure aunque sí pueden tratarse sus síntomas.

Afecta por igual a los dos sexos y, cosa curiosa, suele presentarse a edades muy jóvenes. Las últimas investigaciones apuntan a un origen genético en la enfermedad.

El diagnóstico suele realizarse a partir de las vivencias del enfermo y, sobre todo, con la polisomnografía; es decir, con el control de distintos electrodos mientras se duerme y registrados en la unidad de sueño. Uno de los datos que primero va a denunciar la narcolepsia es la facilidad para quedarse dormido. Quien la padece se duerme muchísimo más rápido.

También se debe destacar que muchos de los que padecen narcolepsia sufren también cataplejía, que es enormemente llamativa. Porque, de pronto, el enfermo puede derrumbarse de forma fulminante. Pierde, de golpe, el tono muscular, como si sus músculos perdieran de repente toda su fuerza. Es un problema serio, aunque no es, por fortuna, muy frecuente (se calcula que puede afectar a menos del 0,05 por 100 de la población).

Los antidepresivos y los estimulantes suelen ser útiles para el control de los síntomas.