Es una pena que ante un suculento plato, exquisitamente elaborado comprobar que siempre hay quien pregunta:

-¿Y esto engorda?

Uno, dedicado a la divulgación sanitaria y a los temas de salud, se siente hasta violento cuando le dicen:

-Y tu... mucho hablar; pero una cosa es predicar y otra dar trigo...

Y no te dan tiempo a explicar que tú nunca has dicho que no se pueda comer, ni que hay que someterse a regímenes drásticos, ni nada de eso. Que incluso sostienes que es peor para la salud la obsesión por adelgazar que dos o tres kilos de más. Que la satisfacción de vivir y por vivir es mucho más sana que la obsesión permanente por los gramos, por el peso y por la línea...

Hay que poner algo de racionalidad en este problema. El otro día una señora decía: "Antes muerta que gorda". Con esa confesión evidentemente, está dispuesta a hacer los más absurdos regímenes, o a imponerse los más irracionales métodos, obsesionada una vez más por esa presión excesiva contra el kilo. Y lo que es peor, contra el disfrute de la buena mesa.

Creo que se puede hacer una afirmación rotunda: Un alimento concreto no engorda.

Recuerdo muy bien cuando a Grande Covián le preguntaron si engordaban los bombones. Y Grande, que sostenía que es toda una dieta la que engorda o adelgaza, y no un alimento aislado, comentaba:

-Mire, los bombones no engordan. Si usted se come un par de ellos ahora y no come nada más en todo el día, estará mal nutrido, pero no engordará.

Así que cuando le pregunten si ese suculento rodaballo o esa carrillera al horno engordan, recuerde lo de Grande Covián. No. Y además estará bien nutrido.

Habría que sustituir un poco el diálogo:

-¿Y esto engorda?

-Quizá un poquito. Pero aporta una pequeña satisfacción para vivir feliz, que es mucho más sano.

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