Diego Fernández: El muro

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Aplausos, pero no para los sanitarios. Gritos de ánimo, pero no para los vecinos atrapados tras los barrotes de sus balcones. Y zapatillas, muchas zapatillas, golpeando el suelo una y otra vez. Eso es lo que se escucharía desde mi casa hoy si el coronavirus no hubiese detenido el mundo. Por mi calle pasarían miles de corredores de la Maratón de Madrid y entre ellos estaría yo. A estas alturas de la carrera empezaría a tener nervios. Dudaría sobre mis fuerzas. Pensaría: ¿Seré capaz de aguantar?

Los temores aparecerían y lo peor es que sería consciente de que para lo más duro todavía quedaría un ratito. Bastantes zancadas después llegaría el temido muro, ese punto de la carrera en el que la salida queda demasiado lejos y la meta no está demasiado cerca. Un instante en el que te agotas de golpe, te quedas vacío y crees que todo el entrenamiento y el esfuerzo que has hecho no van a servir para nada.

 

El muro

 

En este confinamiento es posible que muchos suframos un muro. Con el paso de los días, las medidas de restricción van a ir siendo menos severas. Quizás la mente nos juegue una mala pasada en forma de espejismo y pensemos que vamos a recuperar nuestra normalidad en breve. Cuando se desvanezca la ilusión, comprobaremos que el mundo que conocíamos se ha marchado para no regresar en mucho tiempo y llegará el muro de realidad. 

La meta estará un poco más cerca, pero no demasiado. Nos toparemos entonces con una pared gruesa que costará superar, pero que debemos derribar para no desanimarnos. Ese mundo o una buena parte de él, regresará, pero no será tan rápido como nos gustaría. Pese a que el encierro sea un poquito menos restrictivo, aún queda mucho recorrido para ver de nuevo las calles llenas, ver esfumarse las mascarillas de quita y pon y los guantes que no distinguen el invierno de la primavera. Para aguantar la carrera del confinamiento tocará tirar de tretas para sedar nuestra cabeza.

 

El muro

 

En una maratón los corredores nos mentimos a nosotros mismos. Algunos repiten en voz alta que no están cansados o que lo que queda es "casi" cuesta abajo. Otros cuentan los kilómetros del revés. Mejor los que faltan en vez de los que se llevan recorridos. Yo cuando me encuentro con el muro, cada nuevo kilómetro que soy capaz de superar se lo dedico a una persona que quiero. Mientras arrastro los pies, pienso en ellas y en por qué son importantes para mí. Me sirve para seguir adelante. Para dejármelo todo en el camino para poder llegar a su final. 

Si los días de cuarentena se vuelven tan duros como los últimos kilómetros de una maratón, haré lo mismo. Dejaré que las horas oscuras se me pasen pensando en las personas que aprecio. Ellas son mis cuidadoras. Mi avituallamiento. Recordaré los buenos momentos vividos junto a ellos. Pero, sobre todo, imaginaré los que están por venir. Los momentos cotidianos que antes no valoraba y que ahora idolatro. No dejaré de darle vueltas a la cabeza meditando sobre buenas ideas. Sobre un futuro más allá de los 73 metros cuadrados de mi piso. Siempre es mejor superar un muro de reflexiones que uno de las lamentaciones.


Diego Fernández es periodista en La Sexta Columna (La Sexta).

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