Diego Fernández
Opinión

¡Es un vecino excelente!

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¡Señoras y señores! ¡Niños y niñas! ¡Bienvenidos al fantástico mundo del circo de la calle Mayor de Madrid! ¡No tenemos trapecistas, ni animales enjaulados, pero sí humanos! ¡No parpadeen, podrían perderse lo mejor de la función! ¡Ocupen sus localidades y atiendan a la lectura! ¡El espectáculo va a empezar!

Aquel día podía haber sido uno más de confinamiento clásico. Un tostón en forma de autopista de circunvalación con solo dos salidas: el sofá y la cama. Sin embargo, un evento cambió el ánimo y el color de mi bloque de vecinos: el cumpleaños de Alberto. Unas semanas antes, cuando la cuarentena todavía traía aromas de aventura heroica o por lo menos de novedad, Alberto nos avisó de que en poco tiempo sería su cumpleaños. Temía pasarlo encerrado en casa y acertó. La cuarentena se alargó y trajo consigo un cansancio cada vez más profundo. Pero esa apatía no fue el único sentimiento que creció, también lo hizo la confianza con aquellos que sufren cerca de mí.

Alberto es uno de esos españoles infectados por el coronavirus en el ámbito laboral. Uno más de la legión de los ERTE. Durante varios días estuvo enlazando una reunión tras otra encerrado en su piso. Con él, se alojaba la angustia de no saber qué iba a pasar con su puesto de trabajo. Esa situación no le impidió acudir a su cita diaria en los balcones. Una tarde, a la hora en la que espantamos con vermut al desánimo,  nos contó que en su cumpleaños siempre se celebra una fiesta en la que el disfraz es obligatorio. El grupo de vecinos de confianza se animó con la propuesta. Queríamos subir la moral al chaval treintañero. Aunque le conocemos a distancia de seguridad, los metros no son barrera para el afecto.

 

¡Es un vecino excelente!

 

Esta cercanía hacia mis vecinos se prolonga a medida que lo hace el estado de alarma. Lo que hace que me sorprenda aún más la falta de empatía que muestran otros desagradecidos hacia sus compañeros de portal. No he sido testigo directo, pero en las noticias he visto como a sanitarios o a empleados de mercados algunos de sus vecinos les pedían que se mudaran. Han sido señalados como posibles peligrosos infectados y no como valientes ciudadanos. Mientras ellos se dedican a salvar vidas o dotar de sustento, otros mantienen el horizonte de su interés en su propio ombligo

Entre mis compañeros de aplausos no se ven ese tipo de especímenes. Aunque sí otras criaturas llamativas que pasaré a relatar.  Alberto nos dio la temática del disfraz para su cumpleaños: el circo. A la pista central de los balcones de la calle Mayor acudieron payasos sonrientes, un guepardo de pelo largo, el cumpleañero ataviado de apuesto domador y un servidor disfrazado de mono.

En la función se regaló a Alberto tiramisú  y vermut. Víveres que llegaron de estraperlo hasta su hogar. También fue agasajado con una pancarta, compañía y sobre todo alegría en un cumpleaños extraño. Un cumpleaños celebrado en un hábitat no deseado, pero inolvidable. Durante un rato hasta pareció que estábamos en un bar. Un bar a tres pisos sobre el suelo, en el que se río, se gritó, se brindó y se cantó por Alberto. ¡Un vecino excelente!

 

¡Un vecino excelente!
 

Diego Fernández es periodista en La Sexta Columna (La Sexta).

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