Fernando Ónega
Opinión

El palacio de hielo

Fernando Ónega
El palacio de hielo
Onega Fogonazos

La peste seguramente era esto: que no haya sitio ni tiempo para enterrar a los muertos. La peste seguramente era lo que hemos visto en Italia en pleno siglo XXI: camiones militares cargados de ataúdes en busca de camposantos de acogida. Y la peste es lo que hoy vemos en Madrid: el Palacio de Hielo, convertido en una insólita morgue donde las víctimas del coronavirus esperarán turno para ser incineradas. Los nietos de esos abuelos quizá patinaron allí el domingo anterior al estado de alarma. Los padres de esos niños no pueden despedir hoy a sus propios padres, ni siquiera darles una palmada de afecto último en el ataúd. El drama de las familias: ver morir a alguien tuyo, saber desde hoy que está en aquella pista de hielo, sin poder decirle adiós, sin poder convocar a sus amigos de siempre, sin hacerle un mínimo funeral. Sí, todo eso es la peste. Más o menos como lo ha sido siempre. Las novelas de hace un siglo, y de hace cinco siglos que las cuentan, valen para hoy. Quizá solo tienen una diferencia: la morgue del Palacio de Hielo. Hace siglos no existían esas pistas de patinaje. Pero morimos igual. 

 

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