Campamento base

La cima es el sueño de los escaladores. El objetivo por el que ponen su físico al límite y su vida en peligro. Sin embargo, por muy heroico y romántico que sea alcanzarla, la cima es sólo la mitad del camino. Una vez llegado a lo más alto, queda lo más complicado, el descenso o la desescalada. Regresar sano y salvo. Un trayecto en el que las fuerzas flaquean por lo gastado en la subida y en el que los errores son comunes. El descenso requiere de concentración y técnica. Se trata de un punto crítico en el que los errores se pagan caros. España está en fase de desescalada tras el confinamiento por la pandemia del coronavirus. En este descenso veo traspiés a diario. Los escaladores de asfalto y acera no van equipados como deberían. En la calle, faltan guantes y mascarillas para afrontar con garantías la ruta de regreso a lo que han bautizado como “nueva normalidad”. 

Emprender la desescalada requiere paciencia. Estos paseos de las ocho de la tarde le dan a Madrid un toque de pueblo que le sienta bien. Son caminatas que te permiten encontrarte con compañeros. Miradas que en la bajada te ayudan a seguir el camino. Cada día de la semana pasada pude ver al menos un nuevo rostro conocido. Bombonas de oxígeno con forma de cara que nos hacen respirar y seguir adelante. Ellos son mi refugio de montaña. Los que hacen que todo este percal en el que estamos metidos no sea desesperante.

Entre esos rostros no hay nadie de mi familia. Viven a 30 minutos en tren, pero fuera del término municipal de la capital. Las fronteras ficticias me separan y me recuerdan que sigo siendo un reo al que se le ha dado permiso para salir a pasear por el patio de la cárcel. Un patio con aires de jardín gracias al ecuador de la primavera. 

Mi abuela, aquella que venció al coronavirus ya hace más de un mes, sigue siendo sólo una voz a través de un teléfono. Por medio de él, ella me ha calmado en dos frases. Me ha dicho que este mundo iba muy acelerado y que ahora a los jóvenes nos toca acostumbrarnos a una nueva vida. Que ella no vivía así, tan rápido como nosotros y que esto es solo un cambio más de todos los que ha visto. Pura sabiduría del tiempo ya vivido. 

Cuando comenzó el confinamiento, algunos inconscientes, imaginamos que el regreso a las calles sería algo similar al final de la Segunda Guerra Mundial en las avenidas de París o Nueva York. Una celebración repleta de abrazos, besos y música en la que el miedo daría paso a la alegría. 

Sin embargo, el coronavirus también nos ha robado eso. La banda sonora de mi paseo podría ser la de Misión imposible. Me parece que en las calles escasean las esquinas para poder ocultarme y así girar sin polizones a la vista.  Una manera excesiva de respetar la distancia de seguridad que pronto mi cabeza decide desechar. Me acostumbro como me ha pedido mi abuela. Intento caminar con cuidado, pero apoyando seguro y sin prisa. Igual que si descendiéramos una montaña. De la misma forma que se debe afrontar una desescalada. Consiste en no tropezar y caer al vacío, pero tampoco en pararnos a mitad de camino. El campamento base está cada vez más cerca.


Diego Fernández es periodista en La Sexta Columna (La Sexta).

 

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