Diego Fernández
Opinión

You’ll never walk alone, Manuela Malasaña

Diego Fernández
You’ll never walk alone, Manuela Malasaña

Hay héroes que sobrepasan su dimensión y se convierten en mitos. Leyendas en las que la ficción y la realidad se difuminan hasta tal punto que la historia es incapaz de diferenciarlas. Del levantamiento del pueblo de Madrid contra las tropas francesas hay una con esas características, la de Manuela Malasaña. El nombre del que ahora es el barrio ‘hipster’ de Madrid es el de una chica asesinada el 2 de Mayo de 1808 con tan solo 17 años. Por entonces, su barrio era más conocido como el barrio de Maravillas y allí Manuela Malasaña debía ser muy popular, algo así como Miss simpatía. Mi imaginación quiere que Manuela Malasaña, como buena madrileña, también tuviera un puntito de chulería.

Manuela era hija de un panadero francés, Jean Malesagne, al que le castellanizaron el apellido metiéndole una ñ marca España: Malasaña. La joven se ganaba la vida como bordadora en un taller cercano a la que ahora llamamos Plaza del 2 de Mayo. Sobre su muerte hay tres versiones. Dos cargadas de valentía y otra carente de misticismo y con un halo de mala suerte. Esta última, la memoria madrileña prefiere que pase desapercibida.

En la primera versión tenemos a una Manuela Malasaña que se juega la vida corriendo sin temor entre el fuego cruzado. Lo hace para llevar pólvora y munición a su padre. El panadero disparaba contra las tropas napoleónicas desde un balcón gracias a la ayuda de su hija. Fue entonces cuando una bala alcanzó a Manuela. Cayó muerta defendiendo su ciudad.

En la segunda versión, Manuela Malasaña pasa todo el levantamiento contra las tropas francesas escondida en el taller en el que trabaja. Al regresar a casa, varios soldados franceses intentan violarla. Malasaña se defiende, saca sus tijeras y ataca a los soldados que la terminan asesinando. Cayó muerta defendiendo su honor.

En la tercera versión, la menos heroica y la menos deseada, Malasaña es registrada por soldados franceses. Estos encuentran sus tijeras de bordadora. Consideran que es un arma y la ejecutan. Cayó por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Madrid descartó la tercera versión y convirtió a Manuela Malasaña en heroína. Una nueva Agustina de Aragón, pero en versión castiza. Un símbolo del espíritu aguerrido de los madrileños. De su carácter a la hora de enfrentarse al enemigo.

Desde que Malasaña murió, Madrid ha rendido homenaje a la bordadora a lo largo de su historia. Ha demostrando que por muy duro que sea el golpe, no se rinde. Madrid plantó cara al golpe de Estado franquista. Madrid desbordó los bancos de sangre tras los atentados del 11-M.  Y Madrid está resistiendo orgullosa y chula como es ella, frente al coronavirus. En mi confinamiento me he cruzado varias veces con Manuela Malasaña. Unos días es la pastelera que ha mandado a sus empleados a casa, pero les sigue pagando. Otros días es la farmaceútica que no ha faltado un solo día al trabajo. Otras veces es simplemente la vecina que acude siempre sonriente a los aplausos, aunque lleva casi un mes y medio sin ver a sus nietos.

Escribo estas líneas poco después de conocer la muerte de Michael Robinson. El exfutbolista de Liverpool era uno de los mejores periodistas de este país. Malasaña hubiera sido un gran personaje para uno de sus reportajes. Robinson hubiera sabido hallar el camino para conseguir que el espíritu de Malasaña se nos apareciese. Para demostrar que dos siglos después de su muerte vive en los madrileños. Imagino su reportaje como una especie de You´ll never walk alone, Manuela Malasaña. Yo en la memoria de un maestro, hoy lo he contado lo mejor que he podido.


Diego Fernández es periodista en La Sexta Columna (La Sexta).

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