Diego Fernández
Opinión

El callejón de Platón

Diego Fernández
El callejón de Platón

En la Alegoría de la caverna, el filósofo Platón sitúa en una gruta a unos seres humanos que han nacido prisioneros. Los pobres cautivos, sólo son capaces de percibir la realidad exterior a través de las sombras que se proyectan en una de las paredes. Platón hace así una metáfora del ser humano frente al conocimiento. En mi confinamiento, me siento como esos prisioneros. La diferencia es que el límite de mi caverna es el balcón. Y yo no veo sombras proyectadas en una pared, en vez de eso, escucho gritos, aplausos y carcajadas que proceden de un callejón. No puedo ver a los protagonistas de dicho alboroto. Solo oír, de vez en cuando, cómo jalean algún suceso y lo celebran con alaridos. Algo parecido a un gol en un partido de fútbol. Puedo notar que esos vecinos invisibles son de aplauso fácil. Incluso intuir que han debido fabricar algún tipo de artilugio para pasarse comida los unos a los otros. Del estrecho callejón se nota salir buen rollo. Tiene pinta de que hayan establecido amistad a lo largo de la cuarentena. Y hasta ahí llega mi percepción y algo de mi imaginación,  aunque mi curiosidad es mucho mayor. ¿Qué cara tendrán? ¿Qué edad? ¿Cuántos son? ¿Cómo se llaman? ¿De verdad que lo que hacen es para tanto? ¿Sus balcones serán más grandes que los míos? 

Mi callejón de los misterios o ‘callejón de Platón’ como he preferido bautizarlo, no termina al doblar la esquina. Gracias a los medios de comunicación y a la tecnología, tenemos constancia de cómo el coronavirus ha afectado a varios lugares del mundo, pero su capacidad informativa no es infinita. Hay rincones que para la mayoría carecen de interés, pero para mí forman parte de mi caverna. Me pregunto cómo estará tras mes y medio el camino de la Casa de Campo por el que solía ir a correr. De qué color estará el agua del lago o si los setos habrán devorado aquel banco del Parque Oeste en el que a veces leía. Fuera de mi caverna y atrapados por un  agujero negro informativo, también hay personas. No amigos o familiares, pero sí compañeros de transporte público con los que me solía cruzar, camareros o dependientes de alguna tienda de confianza. Todos tenemos elementos que conforman día a día nuestra caverna, nuestro mundo. Sus fronteras han entrado en fase de expansión después de haberse visto más reducidas que nunca. Ahora lo que esperamos es que estos elementos hayan sobrevivido y que seamos capaces de volver a asimilarlos. En la Alegoría de la caverna uno de los prisioneros logra escapar y poco a poco va descubriendo un mundo repleto de un conocimiento inabarcable. Ahora que nos han aflojado las cadenas, toca descubrir de qué forma nos enfrentamos de nuevo al mundo. ¿Volveremos a él como si nada hubiese sucedido o demostraremos que hemos aprendido algo mientras estábamos presos?


Diego Fernández es periodista en La Sexta Columna (La Sexta)

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