Diego Fernández
Opinión

Madrid, huérfano de chotis

Diego Fernández
Madrid, huérfano de chotis en San Isidro

Por muy castizo que sea, el chotis es un producto importado. Tecnología alemana, para ser precisos. Llegó bajo la denominación ‘polca alemana’. La historia afirma que el chotis se bailó por primera vez en Madrid en el Palacio Real en el año 1850. Tras adoptarlo se convirtió en el baile oficial de ‘los gatos’. En el chotis no hay distancia de seguridad. La pareja está tan pegada que se dice que para bailarlo basta con un ladrillo

En el primer San Isidro de la era del coronavirus, Madrid se ha quedado huérfano de chotis. No pasa el filtro de la fase 0. Tampoco lo hacen los organillos, la venta de barquillos en la calle, los conciertos en Las Vistillas o en la Plaza Mayor y por supuesto la feria de La Pradera.

Madrid no huele a gallinejas, algo que algunos no echamos de menos. Pero sí que añoro que por las solapas asomen claveles. Y me da rabia que las parpusas y los vestidos de chulapa se hayan quedado en el armario para ser sustituidos por accesorios menos floridos y alegres: mascarillas y guantes. 

Madrid es una de las ciudades del mundo más golpeadas por el coronavirus. Pese al panorama, aquí tenemos el récord Guiness de chulería. No nos gana nadie y menos un 15 de mayo. En algunos balcones de la calle Mayor de Madrid ese día, el cuerpo nos pedía verbena. La hora del vermut duró bastante más de sesenta minutos. Hubo chulapos y chulapas. Cervecita fría. Y también música de esa que obliga a bailar, aunque sea en un metro cuadrado y encorsetado por una barandilla. En los mentideros de la villa incluso se comenta que en algún piso hubo ‘perreo’.

 

Pradera de San Isidro vacía

 

Este San Isidro no se ha celebrado nada. Pero sí había ganas de expulsar las penas del cuerpo. Para ello la mejor vacuna es un poco de música y de baile. Aunque en algunos casos, como en el de un servidor, por momentos el sentido del ritmo decidiera escabullirse de la quedada.

En medio de esta verbena improvisada del balcón, de repente sonó Amigos para siempre. Una metáfora de lo que nos estaba ocurriendo. A estos vecinos y a mí es muy difícil que se nos olvide esta etapa de la vida que nos han obligado a compartir. Este ‘campamento coronavirus’ que entre todos intentamos que sea más llevadero. Con la esperanza de que ‘la Paloma’ sea otra cosa. De que para entonces las sonrisas no estén tapadas por una mascarilla y ya no  tengan que ser adivinadas en los ojos. En ese momento en el que se achinan. Para entonces en Madrid esperamos que la distancia social se haya convertido en cercanía. Que aunque en San Isidro nos hayamos quedado sin ‘listas’ y ‘tontas’ podamos disfrutar en grupo de un poco de limonada. Que podamos volver a ver cómo se baila un chotis. 

Antes del coronavirus ya tenía la sensación de que el chotis estaba en peligro de extinción. En las calles de Madrid se ven auténticos maestros. La mayoría de ellos en esta ‘nueva normalidad’ serían población de riesgo. Pasan los 65 años. Las buenas parejas bailadoras de chotis son como muñecos de una caja de música. El hombre gira en el centro, mientras la mujer le mueve y se mueve a su alrededor. Su precisión, sintonía y movimiento se parece al de un reloj de pulsera en el que las manecillas van marcando el paso del tiempo. Eso es lo que le falta a Madrid. Que pase el tiempo para que la capital vuelva a bailar el chotis.


Diego Fernández es periodista en La Sexta Columna (La Sexta).

 

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